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martes, 12 de marzo de 2013

muy oportuno el artículo de Walter Zuleta sobre "la coca no es cocaína..." ya que todavía Evo no regresa de su nuevo periplo por Europa propagandeando a la coca, los medios europeos no le dieron ningún relieve a la aburrida declaración de Evo en Viena, medular texto del jurista potosino, que recogemos en su integridad...


LA COCA NO ES COCAINA… SINO TODO LO CONTRARIO

Dejando a  un lado vergüenza ajena, pienso, como muchos, que la proposición en el discurso del Sr. Presidente Evo Morales Ayma ,  en Viena el pasado día 12,
-manifestaciones públicas previas aparte-,  debería haber sido abordada con la seriedad y  equilibrio que corresponde a una auténtica Política de Estado, que por su trascendencia precisaba definirse tiempo atrás con ponderación y verdadero rigor científico y la intervención del mayor número posible de ciudadanos e instituciones y no sólo por los comprometidos con la producción y comercialización de coca y los adictos  a  su consumo.

Creo asimismo que lejos de la crítica simple, hoy atañe una reflexión meditada acerca de aspectos nacionales que permitieron la llegada  del gobierno cocalero cuyos permanentes desaciertos y dislates –como el que nos preocupa- seguimos lamentando.

Desde la fundación de la República, generación tras generación, en algunos períodos más que en otros, los bolivianos hemos soslayado casi permanentemente el estudio idóneo y tratamiento adecuado de los temas  significativos para la supervivencia de la Nación, dejando que estos tomen giros imprevistos, marcados más por el rédito de grupos económicos o por tendencias políticas que en cualquiera de los casos, nunca fueron compatibles con el interés nacional.

Uno de estos importantes asuntos eludidos de nuestra atención y reflexión resultó el cultivo y uso, legal o ilícito, de la coca (Eritroxylon Coca) que desde 1825 venimos consintiendo, en unos gobiernos más que en otros, sin tomar en cuenta sus pavorosas consecuencias en los renglones fisiológico humano, social y cultural, ya que en el económico parece haber satisfecho la expectativa de los implicados. Y de esta manera, durante la República y aún más en el “Estado Plurinacional”, los bolivianos nos hemos adscrito con entusiasmo gregario a las fantasías convertidas en las frases solemnes “hoja milenaria”, “hoja divina” o “la coca no es cocaína”. Falsas verdades que acogimos sin tener certidumbre sobre la época que empezó el consumo cocalero, que pudo datarse en el tiempo de fundación del Imperio Incaico o en el precedente Kollao, ni la definición respecto a la divinidad religiosa a la que podría asignarse el título o la evidencia de un estudio científico que avale la afirmación.

En ningún momento asumimos el desafío de investigar seriamente, si acaso la causa para la derrota de un imperio de 14.000.000 de habitantes frente a 130 aventureros españoles haya sido consecuencia de estados de degradación física o insanía  resultantes de la ingestión de hojas de coca por las élites del incario o por la mayoría de la población, pues no podemos precisar con propiedad si en la primera etapa del Incario fue de empleo exclusivo de la  aristocracia dominante en ceremonias religiosas y oficiales o si, -como es probable-, su utilización se hubiera extendido en los últimos períodos a las clases dominadas. No lo sabemos con exactitud, pues sólo contamos con referencias de verdades a medias de los cronistas de la Colonia, cuya información les vino de terceros y en tiempo posterior. No podemos tampoco confiar en la “comunicación de boca a oídos de padres a hijos” que desapareció hace siglos de la idiosincrasia altiplánica, probablemente anulada por daños fisiológicos como la falta de memoria, cerebración lenta, disminución de la agudeza de los sentidos y muchos otros estimulados por la adicción al cocaísmo.

Tampoco nos preocupó mucho que la coca fuera en la Colonia instrumento de sometimiento y utilización de nativos convertidos en mitayos, ni que los explotadores mineros españoles –pese a algunas medidas de protección de la Corona- obtuvieran incalculables beneficios con trabajadores de vida corta y fácil reemplazo que comían poco o nada y rendían más que nadie, gracias a los poderes estimulantes, analgésicos, antisialogogos y antipruríticos   de las moléculas que proporciona la “hoja sagrada”.
Nos acostumbramos a convivir con tantos obreros, mineros y campesinos adictos al “acullico”, mirando con desinterés los signos de dilatación de pupilas en ojos redondos enrojecidos (Midriasis) o pieles secas por disminución del sudor (Anhidrosis) como indicios de la supervivencia del hombre en medio telúrico adverso o características fisiológicas de la “raza de bronce” cuando en realidad constituían consecuencias irreversibles del consumo adictivo de la “hoja bendita”.

Tampoco pudimos advertir que estos males eran menores en comparación al daño mayor consistente en el bloqueo del mecanismo “estímulo respuesta” del cerebro humano, desencadenando la muerte de neuronas y la pérdida irreparable de la inteligencia.

Desde luego es cierto que intereses económicos ligados a la producción y comercialización de coca influyeron poderosamente en este estado de indeterminación nacional, mediante el proceder de algunos gobiernos de variopinta filiación política.

Así en 1948 el régimen oligárquico de la época, en abierta concomitancia con la Sociedad de Propietarios de Yungas generó una adulterada glorificación de la planta de coca con curiosos argumentos enunciados como “el vigor tradicional de la raza aymara no obstante su alimentación frugal  base de hojas de coca” o “la coca no constituye vicio” y otras lindezas elaboradas en un informe pseudo científico de un desconocido laboratorio norteamericano.
Con este informe ampliamente difundido, el Presidente Enrique Hertzog, -médico de profesión-, en actitud similar a la del Presidente Evo Morales, solicitó al Congreso de Estupefacientes de NN.UU. que la hoja de coca sea excluida de la lista de estupefacientes (opio, morfina, cocaína, dicetilmorfina, egonina, betel, cáñamo índico, etc.) en tiempo que en Bolivia existían 2.500.000 adictos al acullico.  Las NN.UU., en 1950, respondieron negativamente al requerimiento en base al “Informe de la Comisión de Estudio de las hojas de coca” elaborado en 175 páginas por un equipo de calificados científicos. Valioso documento que, como es obvio, nunca fue difundido entre la población boliviana que quedó ignorando absolutamente las implicaciones de la actividad cocalera.

La Social Democracia criolla en 1991-92, acaso bajo impulso de requerimientos electoralistas, tuvo también su parte extendiendo internacionalmente el elogio de la hoja de coca con la difusión  creída por muchos “coca no es cocaína”, que el Presidente Jaime Paz Zamora impulsó desoyendo la opinión autorizada de personalidades que en nivel intelectual eran opuestas  a esta anfibología.  Corresponden al año 1992, por ejemplo, las notables publicaciones del Ing. Mario Figueroa Buitrago, destacado profesional potosino, que me ha recreado releer recientemente, quien usando argumentación médica, química, histórica y sociológica, impugnó la posición gubernamental mostrando que el proceso industrial de elaboración de clorhidrato de cocaína es similar al proceso químico desarrollado en el cuerpo humano, mediante el acullico o cocaísmo. En una casi imposible síntesis de las enseñanzas de Mario Figueroa, puede señalarse que ambos procesos –el industrial y el humano- se surten de hoja de coca secada y triturada, porque ésta es la parte de la planta donde se concentra el alcaloide.

En el procedimiento industrial,  seguidamente se alcanza la maceración de las hojas trituradas en agua pura con el aditamento de un alcalí suave como el carbonato de sodio. Esta fase resulta muy importante porque el alcaloide combinado con carbonato de socio pasa a un estado de solución que permite su filtrado posterior, desechándose el bagazo o pulpa probablemente con contenidos vitamínicos y proteicos.

En el procesamiento humano el masticador o “pijcheador” efectúa igual operación, desmenuza con los dientes y movimientos musculares las hojas de coca y consigue su maceración con la saliva y el añadido de pequeños trozos de “llijta” que proporciona el carbonato de sodio necesario, filtrando luego la solución amarillo-verdosa en su camino al estómago y desprendiéndose del bagazo o “jachu” no siempre de manera circunspecta.

La química industrial recurrió en la etapa final a diversos solventes orgánicos y reactivos para que el producto pueda ser absorbido por el cuerpo humano llegando a acudir al ácido sulfúrico para obtener sulfato de cocaína que resultó altamente  tóxico y peligroso, por lo que el reactivo fue sustituido posteriormente por el ácido clorhídrico obteniendo al final, tras purificaciones y secado sucesivos, un polvo fino de  cristales de clorhidrato de cocaína, que es el producto acabado para dañar en forma irreparable el cerebro de los drogadictos.

En el procesamiento humano, el líquido verdoso saturado de alcaloide, una vez en el estómago combina con el jugo gástrico que, como es sabido, suministra ácido clorhídrico en solución acuosa junto a enzimas, jugos pancreáticos y hepáticos. El líquido alcalino procedente de la boca, convertido en ácido, permite la unión de la parte de cocaína con el ácido del estómago formando igualmente clorhidrato de cocaína. En este estado pasa al intestino delgado donde las vellosidades intestinales y demás mecanismos fisiológicos lo absorben incorporándolo al torrente sanguíneo con destino final, la destrucción del cerebro, aunque en un plazo más extenso.

Como se ve existe similitud entre la fabricación “industrial” y la elaboración humana a través del cocaísmo (acullico) en cuanto a la obtención del producto terminado que es, en ambos casos, el clorhidrato de cocaína que, no está demás repetirlo, es el narcótico que aparte de alterar el mecanismo sináptico, destruye o bloquea diversos órganos humanos y sobre todo mata neuronas cerebrales, afectando gravemente la mente y dejando  muchos individuos en estado vegetativo.

Tal vez la diferencia única entre los dos procesos radique sólo en los volúmenes de producción, correspondiendo al “industrial” la obtención de miles de toneladas de estupefaciente con efectos tóxicos irremediables e incalculables en ámbito y cantidad, mientras que en el “humano” el volumen es comparativamente menor, por lo que sus consecuencias, aunque iguales se manifiestan a un plazo mayor.

De lo dicho se puede colegir que en el país, la cocainomanía es la adicción de aquellos que pueden pagar  el producto industrial, en tanto el cocaísmo (acullico) lo es de quienes4 como mineros y campesinos,  no tienen mayores recursos económicos.

En el presente siglo un GRUPO DE PRESION (La Federación de Cocaleros del Chapare) asumió de modo inédito y directo el gobierno del país e implantó, tanto en la producción como en la exaltación de la planta de coca un verdadero auge. A tal punto llegó el esplendor de la “Eritroxylon coca” en este último período, que el Gobierno, entre las relevantes medidas de protección que ejecuta, viene planificando la ingestión de la “hoja sagrada” por nuestros niños y jóvenes en el “desayuno escolar” dadas sus “potencialidades vitamínicas y proteicas”, probablemente ignorando su componente alcaloideo.

Y así estamos los bolivianos en este siglo. Por un lado una actitud permisiva e indiferente frente al envenenamiento cada vez masivo de la población, lo que implica además nuestro desprestigio internacional, y por otro, la actividad  interesada del  gobierno cocalero plenamente convencido más que de las “bondades alimenticias”   de los beneficios económicos de la planta de coca y por tanto inmerso en incrementar las áreas de cultivo y su comercialización. El gobierno de Evo Morales que por haberse declarado en el ámbito internacional impulsor del acullico y no del proceso industrial en la elaboración de clorhidrato de cocaína, se encuentra en dificultad para justificar el mastodóntico crecimiento del cultivo de la planta de coca, que este año superó las 32.000 Has. cuando es de conocimiento general que el cocaísmo (masticado) también denominado “uso tradicional” regularmente fue atendido, -aún en periodos de mayor requerimiento- con el cultivo de 8.000 Has.


Queda por aclarar -al margen- la evidente dicotomía entre estas dos corrientes políticas. Los revolucionarios de 1952 impugnaron el “masticado de coca” por considerar que constituía un instrumento de explotación de obreros, mineros y campesinos, en tanto que los revolucionarios socialistas del siglo XXI  (MAS) lo propugnan y elogian e incrementan la producción y comercialización de la hoja de coca, suponiendo beneficios  para las mismas clases sociales. ¿Cómo debe resolverse este dualismo?


No obstante este estado de cosas, es probable que si el gobierno decidiera hacer consulta popular acerca de su política y proyección cocalera –aún sin utilizar sus métodos y mecanismos electorales poco ortodoxos- obtendría todavía un grande apoyo.



Pero ¿hasta qué punto es ético instaurar política nacional basada en la adicción masiva de pobladores?. ¿No es de obligación de todo gobierno serio y responsable sostener el bienestar y cuidar la salud de la población así ésta  manifieste inclinación y voluntad contrarias?  ¿No es acaso un deber evitar hábitos malsanos entre los habitantes?



Y estas reflexiones salen a cuento en razón de que la prensa internacional ha trascendido la presencia del mismísimo Presidente Evo Morales en la reunión de la Comisión de Estupefacientes de la ONU, realizada en Viena el 12 de marzo pasado, para “defender las masticación de la hoja  de coca” frente a la prohibición establecida en la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961, cual si la tarea de continuar intoxicando y destruyendo neuronas cerebrales en la población boliviana constituyera un objetivo de alta prioridad dentro de los emprendimientos del Estado Plurinacional.

Walter H. Zuleta Roncal
Barcelona, marzo del 2012

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