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martes, 6 de marzo de 2012

Gracias Roberto Durette por traernos un valioso texto de Frei Betto, siempre inspirado entre retador desafiante y lleno de esperanza cristiana. Valiosa reflexión

Crisis de las grandes Causas desafíos de futuro Frei Betto
Soy de la generación que tenía 20 años de edad en la década de 1960. Generación que vibró con el éxito de la Revolución Cubana, la victoria del heroico pueblo vietnamita sobre la mayor potencia bélica y económica de la historia (EEUU); que admiró a los Beatles y que, gracias a la píldora, conquistó la emancipación de la mujer y la revolución sexual, y redujo el prejuicio de la homosexualidad.
Generación que en América Latina se movilizó en las calles y en las montañas contra las dictaduras militares. Generación que tenía como ejemplos de vida a personas altruistas como el Che Guevara, Luther King, Mandela. Generación que presenció la realización del Concilio Vaticano II, convocado por el aperturista Juan XXIII, y aprendió a respirar una fe liberadora junto a los pobres e hizo surgir las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación.
En fin, una generación que se movía inspirada por paradigmas fundados en grandes relatos, en ideales históricos, en utopías liberadoras. Generación que ansiaba cambiar el mundo y soñaba, con los ojos bien abiertos, con un nuevo proyecto civilizatorio, en el que fuese suprimida la miseria, el hambre, la exclusión social, el imperialismo, la opresión, y predominasen la solidaridad, el compartir, el derecho de todos a tener asegurados sus derechos humanos y planetarios.
El sueño se acabó. El socialismo fracasó (todavía en Cuba resiste entre dificultades, conquistas sociales y compromisos internacionalistas) y el mundo se volvió unipolar bajo la hegemonía del capitalismo neoliberal. Se introdujo la globo-colonización (la imposición al planeta del modelo de vida made in USA), se incrementó el belicismo (Iraq y Afganistán) y las guerras de baja intensidad; quedó aislada África, esquilmada por siglos de colonización.
¿Qué futuro?
Nuevas tecnologías de comunicación acortan el tiempo y el espacio y promueven la homogenización cultural según patrones consumistas. Los sueños ceden lugar a las ambiciones (de poder, fama, belleza y riqueza); la búsqueda del hedonismo se sobrepone a la ética del trabajo; la especulación predomina sobre la producción; la relativización de los valores fragiliza las instituciones fundamentales de la modernidad, como la familia, la Iglesia, la escuela y el Estado.
La realidad se fragmenta como en el giro alucinado del caleidoscopio. La posmodernidad emerge y propone el interés individual como el parámetro prioritario. Reina el cuidado excesivo del cuerpo (fitness); la presentación del artista parece tener más importancia que su obra de arte; las religiones abrazan los criterios del mercado y prometen milagros listos para llevar; el fundamentalismo resucita al «Señor de los Ejércitos».
La muerte de las ideologías libertarias y el predominio de la óptica neoliberal como sinónimo de democracia y libertad aceleran el proceso de deshumani-zación. Pásase de lo colectivo a lo privado, de lo social a lo individual, de lo histórico a lo momentáneo. Lo que era pueblo se transforma en un aglomerado de personas; las clases se enzarzan en intereses personales movidos por el mimetismo espejado en el comportamiento de la élite; la nación se deja recolonizar por la progresiva mercantilización de la aldea mundial.
Frente a esa realidad fragmentada sobrevuela la pregunta: ¿Qué futuro? La barbarie de un capitalismo depredador, excluyente, de represión implacable contra el flujo migratorio de los pobres, de calentamiento planetario y degradación ambiental, de imperio del narcotráfico y del entretenimiento de la imagen (TV e internet) desprovisto de contenido?
¿Un mundo basado en la competición, en la progresiva apropiación privada de la riqueza, en la transformación de los derechos sociales -como alimentación, salud y educación-, en meras mercancías a las que tengan acceso solamente aquellos que pueden pagar?
El Foro Social Mundial propone: «Otro mundo es posible». ¿Es posible? ¿Cuál sería su diseño y los paradigmas de ese otro mundo posible?
Si queremos escapar de la barbarie no queda otra esperanza fuera de la defensa intransigente del medio ambiente; del repudio a todas las formas de prejuicios y discriminaciones, fundamentalismos y segregaciones; del diálogo interreligioso y de la espiritualidad capaz de potencializar nuestra capacidad de amar y de solidarizarse. No habrá futuro saludable si desde ahora, en el presente, no hay fortalecimiento de los vínculos gregarios de movimientos sociales, asociaciones, sindicatos y partidos, en función de proyectos comunitarios y derechos colectivos.
Tal desafío supone el rescate del carácter histórico del tiempo, de los grandes relatos, del valor de las causas humanitarias, de una visión del mundo y de la vida que rompa los límites del aquí y del ahora para proyec-tarse en el futuro que atraviesa y al mismo tiempo sobrepasa todos los modelos de futuro -aquello que Jesús llamó Reino de Dios, que no reside allá encima, se sitúa allá adelante, a la culminación de todos nuestros sueños y utopías.
En suma, se trata de buscar una calidad de vida más próxima posiblemente de la propuesta del sumak kawsay (vivir en plenitud) de los pueblos originarios andinos, que del consumismo exacerbado de los centros de compra. «Vivir en plenitud» o buen vivir no coincide con la propuesta consumista de una existencia respaldada por el dinero, la posesión de bienes de confort, las condiciones de seguridad predominante sobre las de libertad.
Si sumak kawsay merece figurar como nuestra Gran Causa hoy, hay que comprometerse con las varias causas capaces de converger en esa dirección. Hay muchas causas sectoriales o corporativas, como la indígena, la de la mujer, la de los homosexuales, la de los negros, la de los sin-tierra y sin-techo, la de los migrantes y, entre otras, la ecológica. El desafío es cómo ampliar tales luchas dentro de una visión sistémica, pues pretender obtener todas las conquistas de cada una de esas causas dentro del capitalismo neoliberal es creer que se pueda obtener un paño nuevo remendando varios retales viejos.
Es necesario, cada vez más, articular las luchas de los varios movimientos populares y sociales, de modo que el movimiento de mujeres no sea mero espectador de lo que ocurre al movimiento de los sin-tierra, y que éste no se limite a acompañar por la TV la movilización del movimiento indígena. Sin que la lucha de uno se torne lucha de todos, difícilmente se alcanzará el sueño de una sociedad que favorezca la vida en plenitud.
La vida sólo vale la pena ser vivida movida por sentimientos y prácticas de amor, de justicia, de respeto a las identidades y a los derechos del otro. Sólo así seremos capaces de saciar nuestra hambre de pan y aplacar nuestra sed de belleza
Frei Betto

domingo, 4 de marzo de 2012

el estremecedor caso de asesinatos en serie o de los cogoteros llama la atención de Carlos Mesa que reflexiona sobre el escaso valor de la vida humana

Hace un par de semanas fueron aprehendidos los miembros de una banda de “cogoteros” a los que se acusa de haber cometido varios asesinatos. Delitos cuyo objetivo era desvalijar a sus víctimas. En las noticias se mencionó que la banda podría ser responsable de más de 60 crímenes perpetrados en los últimos meses ¡Más de 60 asesinatos! Asumamos —lo que es muy probable— que la cifra, que es un recuento total de las muertes producidas por este tipo de atracos, no sea de responsabilidad exclusiva de la citada banda. Si suponemos que los detenidos son autores sólo del 20 por ciento de esos crímenes, tenemos una cifra de 12 muertes de su directa responsabilidad. En cualquier país civilizado se trata de un indicador de extrema gravedad. Por menos que eso se han iniciado cacerías de asesinos en serie. Olvidemos por un momento a los autores concretos y detengámonos en la cifra inicial, más de 60 personas asesinadas por la vía del estrangulamiento con el objeto de robarles.
El tema ha merecido apenas unos cuantos titulares de prensa, alguno muy destacado, y una repercusión relativamente relevante de radio y televisión. No más que eso.
¿Por qué tal indiferencia? Una explicación es que las víctimas en su mayoría eran personas relativamente anónimas, de origen pobre, o simple y llanamente vivían en zonas urbanas (de La Paz y El Alto) clasificadas arbitrariamente como “populares”. En buen romance, que los asesinados eran “nadie” y por eso los medios se ocupan poco de ellos y sus historias. Si es así, ocurre algo estremecedor, una forma flagrante de discriminación que pone en evidencia a una sociedad que sigue con sus viejas taras a pesar del tan cacareado “cambio”.
Pero hay otras razones tanto o más preocupantes. Vivimos una pérdida de sensibilidad humana que demuestra que la vida no está entre nuestros valores más caros. Estamos resignados ante la evidencia de que las autoridades de Gobierno y su brazo armado la Policía carecen de los medios, la capacidad y la credibilidad mínimos para llevar adelante un trabajo eficiente en la lucha contra el crimen (organizado y desorganizado). Además, hay una carencia de liderazgo mediático que coloque el tema como una prioridad.
Está claro que la inseguridad ciudadana es, si no el asunto más importante, uno de los más importantes entre las preocupaciones ciudadanas, pero lo que no está tan claro es cómo lo encara la sociedad.
El incremento de la criminalidad es un azote particularmente grave en América Latina, de la que Bolivia no es la excepción. Es cierto que el narcotráfico, en claro aumento en el país, viene acompañado de violencia de la dura. Pero hay una razón mucho más profunda. Hace ya muchos años que Bolivia vive literalmente bajo el imperio de la ley de la selva, o para ponerlo de otra manera, en medio de una galopante anomia social. Esto marca un síndrome que se ha apoderado de todos, la presunción de que la resolución de cualquier conflicto, problema, demanda, reivindicación o solución de una injusticia, no pasa en ningún caso por considerar que la ley existe. No, simplemente se sale a la calle y se confronta.
Es una ruptura que se convierte en una forma de patología colectiva que nace de una actitud entre desamparada e irresponsable del individuo mimetizado en la masa. Nadie ha logrado restaurar (si es que alguna vez existió) la idea básica de que nuestras vidas valen en tanto el otro reconozca su valor, y en tanto las reglas que la protegen sean aceptadas por la mayoría, y sepamos que la garantía de su preservación pasa por la certeza de que aquellos a quienes delegamos la administración de justicia la harán valer.
La violencia se ha convertido en rutina. Toda violencia, la de los bloqueos diarios, la de la corte de los milagros en que se convirtió la marcha de los discapacitados, el t’inku insólito entre orureños y potosinos, los muertos de Yapacaní, y también los muertos que como un cuentagotas pertinaz llenan el vaso nacional de sangre interminable. Cogoteros, sicarios del narcotráfico, maridos o concubinos machistas, violadores, pederastas, borrachos o drogados, siegan vidas un día sí y otro también.
La respuesta frecuente desde los afectados nos lleva a otra constatación. La respuesta a la falta de justicia es frecuentemente —de hecho o de intención—, tanto o más violenta que el crimen que se quiere combatir. Su expresión más obvia pero no única: los linchamientos que acaban con la vida de los supuestos delincuentes.
La inseguridad se ha instalado entre nosotros y nada parece indicar que se la pueda desterrar. De vez en vez, cuando nos toca directamente, o le toca a alguien próximo, nos horrorizamos por unos minutos o unas horas, y a otra cosa.
Lo que estamos pagando es una factura por nuestra absoluta incapacidad de tomar al toro por las astas. El país vive en medio de la casi total falta de control de sus impulsos más primitivos. La retórica legal (leyes y leyes que llueven como suele llover en enero y febrero) no es más que una gran cortina de humo para disfrazar este erial de insensibilidad, desprecio por la vida y por la convivencia civilizada. Y los muertos siguen sumando…    
 
El autor fue Presidente de la República
http://carlosdmesa.com/