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jueves, 9 de julio de 2009

alina diaconú es narradora argentina que escribe para La Nación como ahora refiriéndose "Miedo al Miedo" que afecta no sólo a los argentinos a todos

Desde hace meses los argentinos estamos viviendo en un estado de sobresalto que está disparando todos los miedos habidos y por haber ante la difusión de enemigos visibles e invisibles que nos acechan. A los asaltos y hurtos, abusos de niños y violaciones, incestos, crímenes, droga, jóvenes desbordados, violencia, vandalismo, dengue, incertidumbre política y económica que nos tienen en vilo día tras día, se suma ahora la pandemia de la gripe porcina (o gripe A) y la desconfianza en las cifras oficiales de infectados y muertos.

Ya se viene hablando de este flagelo en todas partes; los psiquiatras y psicoterapeutas han confirmado el alerta en cuanto al aumento de fobias, ataques de pánico y otras formas exacerbadas de angustia que ponen al rojo vivo el microclima de sus consultorios frente a un cada vez más preocupante estado anímico de sus pacientes.

Pero ¿es una tremenda exageración, hay mucho de sugestión o la realidad es verdaderamente confusa, perturbadora e inquietante?

Uno enciende el televisor y el alarmismo es prácticamente permanente, el alerta cunde. A los problemas de la inseguridad local, se han sumado pues, otros, nacionales e internacionales. Vimos caer aviones misteriosamente, gente joven muriéndose de manera sorpresiva, y ya casi todos nosotros estamos viviendo actualmente entre barbijos y alcohol en gel. Las últimas elecciones nos mostraron estas nuevas formas de protección incorporadas ya a nuestro estilo de vida. Es que los riesgos están por doquier: desde el delincuente y el asaltante hasta el estornudo o la tos de alguien a nuestro lado. Da miedo salir a la calle, entrar en un bar o en un cine, ir a escuchar una conferencia, enviar a los chicos al colegio. Pareciera que el miedo está instalado en nuestras vidas. En su texto, Una epidemia sin cabeza , Antonio E. Brailovsky afirma: "Tenemos al país en estado de pánico por la epidemia, la que pareció descuidarse para no alarmar a la población, hasta que se disparó mucho peor que en otros países que tomaron medidas sin interferencias políticas".

En los últimos tiempos, varios autores publicaron libros sobre la temática del miedo. Entre nosotros, los psicoanalistas José E. Abadi y Pacho O´Donnell. En el exterior, encontramos obras dedicadas al tema desde Krishnamurti y Osho hasta Arciniegas o José Antonio Marina. La historiadora Joanna Bourke, catedrática en Londres, sacó un libro sobre la historia del miedo, donde hace una diferenciación entre el miedo y la inquietud.

Según ella, el miedo sería externo a uno, habría allí un enemigo que está identificado y del cual se huye o contra el cual se lucha. La inquietud, en cambio, estaría dentro de uno, fluyendo en nuestro interior y, en ese caso, sería difícil saber cuál es el enemigo.

Muchas veces el miedo se convierte en inquietud y la inquietud en miedo.

"En los estados de miedo -manifiesta Bourke- la gente tiende a acurrucarse, a juntarse entre sí. Durante los estados de inquietud, por el contrario, los individuos tienden a buscar amparo en lugares privados, tienden a refugiarse en sus casas, donde miran películas violentas y dramas que los asusten aún más que el mundo exterior".

Hace dos años, esta historiadora, de origen neocelandés, en un reportaje publicado en el diario español El País , decía lo siguiente: "Vivimos en un mundo sobrecargado de peligros: la alimentación, el cáncer, el cambio climático, estamos sobreexpuestos a información que produce miedo. De pronto el peligro está en todas partes, es el vecino, es el gobierno".

Karen Horney ya en su época (los años 60) hablaba de miedos subjetivos y miedos objetivos. Los primeros, inherentes a nuestra desvalida condición humana, frutos de nuestra historia personal o de nuestra imaginación; los otros, basados en hechos de la vida real cuya negatividad o nocividad resulta incuestionable.

Nos acordábamos en estas horas de aquella mañana en París, a comienzos de los años 90, cuando el talentoso escritor cubano, Severo Sarduy, frente a un vaso de whisky, nos confesaba que todo en la vida le daba miedo. ¿Qué era "todo"? Pues, todo, cualquier cosa: estar en su casa, salir de su casa, dormir, estar despierto, comer, no comer, escribir, no escribir, ver gente, no ver a nadie, la vida, la muerte, el SIDA, el mal de Parkinson, etc. Pobre Severo, ésa sería la última vez que lo veríamos , dado que partiría un par de años más tarde, víctima del HIV.

Lo de Sarduy era algo así como un miedo total y generalizado, miedo al miedo.

Quizás sea éste el más difícil de los miedos. A él le sucedía en los años 90, cuando el mundo todavía no era lo que es hoy en cuanto a amenazas que vienen desde todos lados.

El miedo al miedo tal vez sea, lo que nos ocurre hoy y aquí. Y es tan comprensible, tan humano, que nos suceda. Porque, en el fondo, todos los riesgos externos nos acercan el fantasma de la muerte, profundizando y haciendo más reconocible nuestra vulnerabilidad.

Lamentablemente, este estado de cosas nos lleva a que pueda ocurrir aquello del cuento sufi que dice que un peregrino se encontró un día en su camino con la Peste. Le preguntó adónde iba y ésta le respondió que se dirigía a Bagdad, donde iba a matar a cinco mil personas. Una semana más tarde, el peregrino volvió a encontrarla y, enojado, le reprochó: "¡Me dijiste que ibas a matar a cinco mil personas, pero mataste a cincuenta mil!". La Peste lo miró, sonriente: "Yo cumplí mi palabra. Yo sólo maté a cinco mil, los demás se murieron de miedo".

Se trata de lo que resumió el doctor Ré, director de la Red Sanar, cuando le dijo a este diario que "el pánico es más rápido que el virus".

Ahora, hay otro aspecto del miedo que fue destacado por Susan Sontag en su libro Al mismo tiempo , y es el hecho de que, así como el miedo puede dispersar a la gente, el miedo puede unir. Y contraponía al miedo, el coraje, "el coraje moral" (como lo llamaba ella, en contraposición al coraje amoral). "El coraje es inspiración de las comunidades -escribió-.El coraje da un ejemplo. El coraje es tan contagioso como el miedo".

En este sentido, estaríamos viviendo tiempos que plantean este gran desafío. La "conciencia solidaria" de la cual habla, entre nosotros, el médico sanitarista Ignacio Katz es lo que haría falta, más allá del estricto seguimiento de las medidas preventivas contra la enfermedad.

"Puede ser positivo sentir miedo, cuando sentimos miedo por los demás"-afirma Joanna Bourke en su libroFear: a cultural history ("Miedo: una historia cultural")-; porque se convierte en una fuente de creatividad. Podemos elegir cómo responder al miedo. Lo peor que podemos hacer es abandonarnos a él y afrontarlo sin esperanza".

Resuenan en nuestros oídos los famosos versos de aquella milonga de Borges: "Siempre el coraje es mejor,/la esperanza nunca es vana"?

El coraje no significa no tener miedo. Significa no quedar paralizado. Significa vencerlo, actuar a pesar de él.

Mantener el equilibrio, entonces, serenarnos, centrarnos en lo que podemos y conviene hacer, exigir a las autoridades una política sanitaria acorde e información fidedigna ¿no constituirían el gran coraje de este momento y la confirmación de una esperanza, nunca vana?

La autora es narradora y poeta. Su última novela publicada es Avatar .

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